El misterio de la libélula, una película del año 2002 de esas que siempre dan ganas de volver a verla. Paisajes selváticos, el siempre agradable a la vista Kevin Costner y una trama misteriosa que te mantienen atento al curso de los acontecimientos.
"La Fe es lo que te lleva" fue la frase que, en esta oportunidad capturó mi atención. La Fe, un misterio para mí, ha sido motivo de varias publicaciones en este blog, y aunque aún, y luego de todas esas reflexiones, no he logrado comprender de qué se trata, de algún modo he ido descubriendo señales que me han dejado tranquila, al menos por un momento, en mi afán por querer entender cómo funciona.
Estoy completamente de acuerdo con esta afirmación que hace el protagonista al final del film. Definitivamente la Fe es lo que te motiva a continuar aún cuando el escenario es adverso. El hombre, hablando en término genérico, tiende a garantizar el éxito antes de iniciar cualquier tipo de emprendimiento. De forma similar a cómo funciona el marketing, analiza el escenario al cual se enfrenta ante a lo cual establece una estrategia de cómo abordarlo para lograr el objetivo que se haya planteado. El hombre actúa de forma similar intentando prever cualquier situación que pudiese mermar los resultados esperados.
Sin embargo, hay oportunidades, al menos en lo personal, en que aunque todo indica que no saldré victoriosa, que las condiciones no son las adecuadas y en donde mi lista de contras suele ser más larga que la de pros, que me lanzo ciegamente por que confío, quiero y me aferro a la idea que todo saldrá bien.
Siguiendo con el ejemplo del marketing, cuando Steve Jobs decidió lanzar el iphone al mercado, le mostró el prototipo a uno de sus cercanos quien después de revisarlo e interactuar con él le indicó que tal vez eso no funcionaría, puesto que la gente ya estaba acostumbrada a las teclas. Steve nunca hacía estudios de mercado, simplemente partía con la convicción de que él sabía lo que la gente necesitaba.
Intuición, esperanza, convicción, confianza, no puedo decir con certeza si alguno de estos conceptos se acerca mas a lo que es la Fe, es algo que sólo surge y que da el impulso para lanzarse ciegamente con la certeza de que al final todo saldrá bien.
Qué siento cuando siento
Sabían que el mecanismo de la sed es tan débil que suele confundirse con hambre. Con el simple hábito de beber un vaso con agua antes de saciar esa sensación con comida, lograríamos mejoras visibles tanto en nuestra salud como en la apariencia.
Siguiendo este mismo antecedente, es que me detuve a pensar en qué otras situaciones en la vida llegamos a confundirnos.
Partiendo de la base en que el ser humano es un ser confuso, tanto más lo es su complejo modo de relacionarse con su entorno y con sí mismo. Resulta sencillo notar las cualidades y defectos de otras personas, criticarlos, alabarlos y hasta prejuiciarlos es una actitud que nos sale fácil aún cuando nadie a pedido nuestra opinión. Pero hay que ver qué dificil nos resulta definirnos a nosotros mismos con la misma propiedad, seguridad y hasta asertividad. Sentimos la autoridad de referirnos de nosotros por el sólo hecho de ser quienes más pasamos tiempo con nosotros mismos. Sin embargo, y a pesar de lo que pudiera pensarse al respecto, no nos conocemos tanto como debieramos. No he conocido persona alguna que pueda explicarme quién es y no responder con su nombre u ocupación. Solemos creer que somos como nos llamamos o a lo que nos dedicamos. Ciertamente que eso no es lo que somos. Somos, sin duda, más que un nombre, más que una profesión o algún oficio al que nos dediquemos a ejercer.
Llegué a desarrollar este tema debido a un comentario que mi cuñada hizo al tratar de explicar cómo se sentía ante una situación en particular, que no recuerdo y que no viene al caso tampoco ahondar. Ella simplemente mencionó que "le daba cosa", siento un "no se qué" no pudiendo definir con claridad la sensación que experimentaba.
Asco, miedo, repulsión, pena, cuántas veces nombramos algún sentimiento cualquiera para definir una emoción que no podemos explicar. Cuántas, confundimos con pena la frustración, con asco la repulsión y así nos ha pasado con otros sentimientos que no nos detenemos a pensar y que simplemente catalogamos arbitrariamente.
Confundimos sentimientos, al igual que como con la sed, y nos dejamos convencer con un término erróneo y por ahorrarnos el tiempo de pensar tal vez, o simplemente por comodidad quedamos conformes con ese concepto. Y por qué será necesario tener claro qué sentimos cuando sentimos, pues por que al saber cuál es el problema, podemos llegar a una mejor solución. Teniendo clara la enfermedad, sabremos con qué remedio tratarla. Tomarnos un momento para identificar la emoción marcaría la diferencia en cómo abarcar el problema para poder superarlo. Cuántos llantos nos ahorraríamos si pudiéramos entender lo que nos sucede y cómo nos afecta; poder transmitir ese sentimiento con precisión a los demás para que sepan cómo pueden ayudarnos. Penas, miedos, rabias, frustraciones, pudieran parecer una misma cosa pero al analizarla en detalle cada una encontraríamos matices que nos darían la clave para generar la medicina, veríamos que se refieren quizá a distintos grados de intensidad, qué se yo. Podríamos calmar con un vaso con agua lo que estamos atacando con comida.
Siguiendo este mismo antecedente, es que me detuve a pensar en qué otras situaciones en la vida llegamos a confundirnos.
Partiendo de la base en que el ser humano es un ser confuso, tanto más lo es su complejo modo de relacionarse con su entorno y con sí mismo. Resulta sencillo notar las cualidades y defectos de otras personas, criticarlos, alabarlos y hasta prejuiciarlos es una actitud que nos sale fácil aún cuando nadie a pedido nuestra opinión. Pero hay que ver qué dificil nos resulta definirnos a nosotros mismos con la misma propiedad, seguridad y hasta asertividad. Sentimos la autoridad de referirnos de nosotros por el sólo hecho de ser quienes más pasamos tiempo con nosotros mismos. Sin embargo, y a pesar de lo que pudiera pensarse al respecto, no nos conocemos tanto como debieramos. No he conocido persona alguna que pueda explicarme quién es y no responder con su nombre u ocupación. Solemos creer que somos como nos llamamos o a lo que nos dedicamos. Ciertamente que eso no es lo que somos. Somos, sin duda, más que un nombre, más que una profesión o algún oficio al que nos dediquemos a ejercer.
Llegué a desarrollar este tema debido a un comentario que mi cuñada hizo al tratar de explicar cómo se sentía ante una situación en particular, que no recuerdo y que no viene al caso tampoco ahondar. Ella simplemente mencionó que "le daba cosa", siento un "no se qué" no pudiendo definir con claridad la sensación que experimentaba.
Asco, miedo, repulsión, pena, cuántas veces nombramos algún sentimiento cualquiera para definir una emoción que no podemos explicar. Cuántas, confundimos con pena la frustración, con asco la repulsión y así nos ha pasado con otros sentimientos que no nos detenemos a pensar y que simplemente catalogamos arbitrariamente.
Confundimos sentimientos, al igual que como con la sed, y nos dejamos convencer con un término erróneo y por ahorrarnos el tiempo de pensar tal vez, o simplemente por comodidad quedamos conformes con ese concepto. Y por qué será necesario tener claro qué sentimos cuando sentimos, pues por que al saber cuál es el problema, podemos llegar a una mejor solución. Teniendo clara la enfermedad, sabremos con qué remedio tratarla. Tomarnos un momento para identificar la emoción marcaría la diferencia en cómo abarcar el problema para poder superarlo. Cuántos llantos nos ahorraríamos si pudiéramos entender lo que nos sucede y cómo nos afecta; poder transmitir ese sentimiento con precisión a los demás para que sepan cómo pueden ayudarnos. Penas, miedos, rabias, frustraciones, pudieran parecer una misma cosa pero al analizarla en detalle cada una encontraríamos matices que nos darían la clave para generar la medicina, veríamos que se refieren quizá a distintos grados de intensidad, qué se yo. Podríamos calmar con un vaso con agua lo que estamos atacando con comida.
Felicidad v/s Tristeza
Hay personas que creen que ahora que me ven resuelta y autosuficiente no he sufrido en la vida. Que mi vida ha sido marcada con la suerte y que todo lo que tengo es cuestión del azar. Por un lado es bueno que todo lo que he vivido no se vea reflejado en mi apariencia, por un instante esa fue una de mis preocupaciones, no creí que en algún momento mi desastroso aspecto de amargura fuera a desaparecer, siempre pensé que en mis ojos quedaría tatuado el dolor que había en mi destrozado corazón, pero para mi ventura al parecer todo eso ya ha desaparecido, y el único vestigio que podría dejarme en evidencia sería mi propia lectura de dicha experiencia.
Es por esta razón que llegué a pensar en que tal vez un momento de felicidad pudiera borrar uno de tristeza y que todo ese dolor finalmente, podría haber sido disuelto.
¿Es que se me ve tan bien ahora?, qué puedo decir, quizá esa sea la razón por la que el resto cree que estoy tan bien parada ante la vida que pueden llegar y escupir en mi cara reprochándome, casi con envidia, que ellos no se sientan igual, Yo no entiendo a la gente, se pasa su vida planeando cómo alcanzar la felicidad y se olvidan de vivirla cada a día. Están tan preocupados de qué es lo que tienen que cambiar para encajar que no se dan cuenta que pueden sentirse satisfechos con lo que son, así tal cual, que es tan simple como que aprendan a aceptarse a sí mismos, lo otro es sólo una consecuencia de ello.
Por un momento sentí el deseo de contar mi historia, de refregarles en la cara todo cuanto había vivido, la causa de mi desdicha y todo mi proceso para salir adelante. Pero después de pensarlo bien no quiero eso, quiero vivir en adelante mirando sólo el momento. El pasado lo llevo conmigo y lo guardo como un recuerdo inolvidable del cual saqué muchas lecciones. Y recordé cómo estuve yo, las cosas que viví y como eso fue lo que me llevó a estar así ahora. Me gustaría poder explicarles todo eso, que entendieran que es solo una etapa, un proceso importante que deberán vivir para de un momento a otro, así de repente, sentirse satisfechos. Me afanaba al punto de la ansiedad, por enseñarles a todos a mi alrededor, el camino, ese que a mí me había traído hasta acá, pero ahí fue que me dí cuenta de que haga lo que haga cada uno tiene su momento, sus propias experiencias, su propio dolor, ese que es necesario vivr y el que más tarde te hará recordar quién eres y qué haces aquí. El que te hará pensar que tal vez con un momento de felicidad puedas borrar uno de tristeza.
Falta amor
Hoy, como tantas veces, fui sorprendida. Eso es justamente lo que me gusta de la vida, mi vida, que cada día algo logra sorprenderme, cautivarme y me deja reflexiva y conmovida. Suelo ir atenta a los mensajes que puedo obtener y que, en su mayoría provienen de lugares insospechados. Esta vez no fue la excepción. Ocurrió durante una de las reuniones habituales de los viernes en la fábrica donde trabajo. El tema en discusión, la deficiente calidad de las terminaciones de los muebles laminados.
Diversas opiniones surgieron al respecto por parte de los concurrentes: escasa supervisión, menor grado de destreza del maestro, falta de maquinaria especializada, entre otros. Pero fue el mismo dueño de la empresa quien manifestó como causal la falta de amor.
Me hicieron mucho sentido las palabras de mi jefe, quien expuso este tema con una humanidad que no sospeché que tendría. Tanto como su expresión, sus palabras calaron hondo dentro de mi y siguieron resonando durante toda la jornada inclusive cuando ya había terminado mi horario laboral.
He divulgado casi como un credo la importancia de poner amor en cada cosa que uno haga, pero hasta ese momento no habría comprendido del todo lo que eso significaba y sus repercusiones en el día a día. Lo veía como una frase utópica inaplicable a la cotidianidad, pero que sonaba bien al hablar.
Con esta frase logré capturar la esencia de todo cuanto me he esmerado en aplicar en mi vida. Amar debiera estar implícito en cada cosa que uno se proponga emprender, cual sea la naturaleza del asunto, finalmente será la clave del éxito. Desde una tarea cotidiana en casa, un puesto en el trabajo y hasta cuestiones familiares, el cuánto amor ponga cada quien es el que hará finalmente la diferencia de quien lo hace mejor.
Fue tal el nivel de iluminación que alcancé con esta experiencia, que entendí por qué algunas cosas no habían funcionado en mi vida, situaciones en las que me esmeré entregando todo mi esfuerzo por conseguirlas y que terminaron siendo destruidas y junto a ellas destruyendo parte de mi. Analicé cada aspecto de mi vida, los buenos y malos momentos; y descubrí en cada uno de ellos que el amor que había puesto durante su ejecución fue quien determinó el éxito o fracaso del mismo. Relaciones fallidas, trabajos abandonados, actividades simplemente dejadas a un lado. En todos ellos la constante, la falta de amor.
Me propuse, sin comprender bien qué significaba, que de ahora en adelante todo cuanto hiciera con mi vida debía haber amor, desbordante, apasionado, sincero, amor al fin y al cabo. Volver a enamorarme aún de esos hechos en los que me sentí herida y que juré jamás volver a repetir. Y aún así me envolví en una relación que sólo me satisfacía en el ámbito físico, intentando prescindir del verdadero propósito de una relación, al menos del que yo busco cada vez que me involucro.
Pedí a gritos la oportunidad de volver a enamorarme, enamorarme de las cosas, de los libros, de las personas, de mi misma. Enamorarse es una decisión consciente que tomo cada día cuando me siento involucrada, cuando pretendo extraer lo máximo de cada cosa que me rodea, de cada persona, de cada lugar. Vivir enamorada es aceptar y desprenderse, comprometerse y no adueñarse, es simplemente disfrutar el presente aprendiendo del pasado sin pensar en el futuro, es vivir el aquí y el ahora con la confianza de que a fin de cuentas obtendrás lo mejor.
Lo profeso, lo grito, lo espero y lo deseo con toda mi energía, quiero volver a enamorarme, así como lo estoy de mi trabajo y de mi familia, encontrar el amor en cada aspecto de mi vida, compartir esa satisfacción y poder influir en que otros también la encuentren.
Pierde la fe
No sabría cómo explicarlo. Pero es una sensación muy similar a la que veo en el video. Uno se esfuerza todo el tiempo en generar una actitud de confianza, de control en si mismo y en las cosas que deseas, cuando te das cuenta que a pesar de todo no da resultado. Ahí, cuando te ves superado por la situación y te das por vencido, ahí, recién ahí, llega lo que anhelaste.
Cuando tuve que explicarlo esta vez, fue algo así como, cuando pierdas la fe, ahí llegará. Es todo un proceso que parte en uno mismo, en el ego, en el control, en el afán de superioridad y autosuficiencia propio del ser humano, propio de mí, es algo más que confianza en si mismo, es ego en plena manifestación. Cuando crees tener el control, de ti mismo, de tus acciones y de tu entorno, ahí, en el límite de pronto te niegas a aceptar que no lo tienes, y que tal vez nunca lo tuviste y que la ilusión, esa esperanza de creer que si lo tenías, es la que te mantuvo en pié hasta ese momento. Tiempo después lo aceptas, y esa aceptación es más bien como una resignación, acompañado de congoja que te envuelve y te debilita, se sientes frágil y vulnerable, enojado y luego ya calmado, aceptas que eres sólo un ser humano, mortal, sensible, solitario. Y ahí, en esa humildad espiritual, de pronto, cuando ya no lo esperabas, sucede, sorpresivamente vuelves a creer, la desesperanza se vuelve esperanza y todo vuelve a comenzar.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)



